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Cuando el celular reclama la mirada: cómo la espera de una notificación reorganiza la atención cotidiana

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, ambos investigadores del CONICET, describen en (Des)Conectados los mecanismos que mantienen viva la expectativa de un mensaje y que, según sostienen, dejan menos recursos disponibles para el resto de las actividades diarias.

Por Mariano EtcheverryPuerto y pesca · 22 de septiembre de 2026 · hace 2 h

La escena se repite en miles de hogares del país: una mano tantea el bolsillo, el bolsillo confirma que el aparato sigue ahí, los ojos vuelven al plato, y recién entonces alguien puede seguir prestando atención a la conversación que tenía empezada. Para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, investigadores del CONICET, esa microsecuencia no es un capricho moderno ni una simple distracción generacional: es la traducción conductual de un conjunto de mecanismos que reorganizan la manera en que el cerebro distribuye sus recursos cuando un celular entra en escena, incluso cuando el celular está apoyado sobre la mesa, boca abajo, a medio metro del comensal.

Ambos authors recorren estos procesos en (Des)Conectados, un libro donde la pregunta de partida es tan concreta como incómoda: cuánto espacio de nuestra atención está ocupando un aparato al que, en teoría, ya dejamos de mirar. La respuesta que ofrecen combina lo que se sabe sobre plasticidad neuronal con lo que se sabe sobre cómo construimos vínculos a partir de textos breves, y describe un cuadro en el que la espera de una notificación se vuelve, por sí misma, una tarea que consume atención.

La notificación fantasma y el cuerpo que se confunde

Ballarini y Bonnin parten de un fenómeno que cualquier usuario reconoce: la certeza, fugaz pero intensa, de que el teléfono vibró en el bolsillo cuando en realidad no vibró. Para los autores, esa percepción errónea no es un defecto del aparato sino una expresión de la expectativa. El cerebro, anticipando un estímulo que llegó a volverse frecuente, empieza a tratar como señal cualquier roce de la ropa, cualquier rumor cercano, cualquier cambio de temperatura contra el muslo. La consecuencia es que el umbral de detección baja, y con él baja también la capacidad de permanecer ajeno al dispositivo.

El FOMO como costo cognitivo

Sobre esa expectativa se monta otro fenómeno que los investigadores describen con su sigla en inglés: FOMO, el fear of missing out, el miedo a quedar afuera. En el caso de los adolescentes, el planteo de los autores es que perder acceso a las conversaciones digitales puede vivirse como una forma de exclusión del propio grupo, y que esa preocupación no se limita a las actividades que se están perdiendo en el mundo físico sino que se extiende a los intercambios en los que no se puede participar en el mundo virtual. La inquietud, señalan, ocupa recursos atencionales que dejan de estar disponibles para otras tareas, y los investigadores la asocian con un menor rendimiento de la memoria y de la atención sostenida.

  • La espera de un aviso funciona como una tarea en sí misma: aunque no haya notificación, el cerebro sigue chequeando.
  • El FOMO pega más fuerte en los adolescentes, donde quedarse fuera de un chat se vive como una exclusión del grupo.
  • Esa preocupación constante reduce los recursos atencionales disponibles para el resto de las actividades del día.
  • Reconocer la dependencia no pasa solo por contar desbloqueos de pantalla, sino por advertir la ansiedad de perderse algo.
  • Para los autores, dejar el celular no siempre se siente como guardar una herramienta, sino como ausentarse de un espacio de encuentro.

El libro no se queda en el diagnóstico. Su propuesta es que identificar estas dinámicas, en uno mismo y en los hijos, es el primer paso para redistribuir la atención. Ballarini y Bonnin ubican estos hábitos dentro de un cambio cultural más amplio: las pantallas dejaron de ser ventanitas auxiliares y pasaron a alojar conversaciones, vínculos y actividades que forman parte central de la vida diaria, de modo que apartarse del dispositivo, aunque sea por una hora, puede experimentarse como una separación de un ámbito donde efectivamente están pasando cosas.

El planteo final apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria como reservas que conviene no vaciar en chequeos constantes, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar. Para una redacción que viene escuchando estas conversaciones en las mesas familiares, la advertencia central es operativa: si el bolsillo empieza a cobrar más protagonismo que la mesa, conviene revisar antes qué se está buscando afuera que no se está encontrando adentro.

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Mariano EtcheverryPuerto y pesca

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