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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Decir que no también se aprende: la construcción del límite y los patrones que lo traban

Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta dolor físico: el precio de no saber poner límites. Lo opuesto, no tolerar los del otro, también deja huella. La buena noticia es que se puede trabajar.

Por Lucía CattaneoTurismo y temporada · · hace 1 h
Decir que no también se aprende: la construcción del límite y los patrones que lo traban

Vayamos al fondo de algo que parece simple y no lo es. Decir que no es una habilidad que se aprende. Y cuando no se aprende, el cuerpo y la cabeza terminan pagando la cuenta.

La dificultad para poner límites no aparece porque a una persona con lo cual, ni porque a otra con lo cual, nació sin esa herramienta. Se construye, o no, en los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo acote porque sin un afuera que contenga no hay psiquismo posible. El pecho que no está siempre, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido como frustración en su momento, es lo que después permite distinguir el yo del otro, el deseo de la realidad.

Dos patrones opuestos, mismos problemas

Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos formas de vincularse que son espejo y que las dos hacen daño.

La primera es la de quien no puede decir que no. Suele ser alguien que aprendió, de chico, que su propio deseo molesta o que poner un límite pone en riesgo el vínculo. De grande acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. El costo es concreto y lo vemos en el consultorio: ansiedad, resentimiento que se acumula, un cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.

El segundo patrón es el inverso: quien no tolera el límite ajeno. Cualquier no se vive como una ofensa o un desafío. Parece fortaleza, pero sostiene una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. A la larga, las relaciones se organizan alrededor de su voluntad y eso las va vaciando.

Entre la sumisión y la imposición, hay un punto posible

Entre esos dos extremos existe algo que no es ni entregarse ni pasar por encima: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar ahí tiene un costo real porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente. Pero casi siempre es más barato que sus alternativas.

“Lo más importante es que esto no es un rasgo de carácter con lo cual uno nace y se queda para siempre. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro.”Psicología clínica

El límite, entonces, no es lo contrario del amor. Es una de sus formas. Y se trabaja.

LC
Lucía CattaneoTurismo y temporada

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