Donde un campamento religioso y un dream pop se cruzan: la película que parió un fenómeno teatral
El debut cinematográfico de Los Javis convirtió un musical chico de Madrid en una de las comedias más queridas del cine español reciente, con cinco candidaturas a los Goya y un premio ya en el bolsillo.
Antes de que la pantalla grande la inmortalizara, la história ya latía en una sala del centro de Madrid. Recuerdo la primera vez que crucé la puerta del Teatro Lara, hace ya varios inviernos, y me topé con una cola que doblaba la esquina: chicas y chicos de veinte y tantos que cantaban unos coros que no terminaba de ubicar. Eran los temas de Presuntos Implicados versionados con un desparpajo que me hizo reír a carcajadas. Ahí estaba naciendo La llamada, la pieza que los entonces desconocidos Javier Calvo y Javier Ambrossi habían escrito casi como un divertimento y que terminaría transformándose en un fenómeno cultural.
Porque de las ocho funciones previstas a una película con cinco nominaciones a los Goya hay una distancia enorme, y ese recorrido es parte de lo que vuelve especial a La llamada. La historia sigue a María y Susana, dos adolescentes que sueñan con armar un grupo de reguetón mientras pasan el verano en un campamento cristiano de Segovia. El choque entre sus ganas de pasarla bien y las normas que les imponen las monjas del lugar sirve de excusa para algo más profundo: la aparición de Dios en la vida de María, el descubrimiento de lo que cada una quiere en serio y el modo en que las hermanas que dirigen el campamento también lidian con sus propios deseos.
Cuatro protagonistas y un elenco que se luce
- Macarena García como María, la chica que empieza a ver apariciones divinas y debe ordenar lo que siente.
- Anna Castillo como Susana, la amiga más práctica que termina revisando las reglas que le marcaron la vida.
- Belén Cuesta como la hermana Milagros, capaz de sacarse el hábito, ponerse su ropa de calle y cantar frente al espejo como si nadie la mirara.
- Gracia Olayo como la hermana Bernarda, más apegada a la fe pero también atravesada por sus contradicciones.
Lo que distingue a la película es el modo en que combina la comedia con canciones que funcionan como uniones emocional. Los Javis, que debutaban como directores de cine, se apoyaron en un elenco que ya había hecho la temporada teatral y eso se nota: las actrices parecen habitar a sus personajes desde mucho antes. La banda sonora incluye los hits de Whitney Houston y los ya mencionados Presuntos Implicados, pero el tema que terminó de consagrar al filme fue el que escribió Leiva especialmente para el cierre, y que se llevó el Goya a la mejor canción original en la ceremonia de 2018.
A casi una década del estreno en el Lara, la película conserva esa cosa entrañable que tienen los proyectos que crecen gracias al boca a boca. No es una superproducción ni pretende serlo: es un musical chico que se animó a hablar de fe, de deseo y de diversidad sin bajar el volumen del humor. Y tal vez por eso sigue convocando a público nuevo en cada reposición. Como me dijo una señora a la salida de la última función a la que asistí, mientras se secaba una lágrima con un pañuelo de papel: «Vine por la curiosidad que me dio mi nieta y me terminé yendo con ganas de abrazar a alguien».
