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El rencor que no se va: lo que le hace al cuerpo sostener una ofensa durante años

Presión alta, insomnio, inflamación y un cansancio que no se explica: lo que la ciencia sabe sobre los efectos físicos de cargar con un agravio que no termina de procesarse.

Por Silvia MenéndezCultura y espectáculos · 7 de septiembre de 2026 · hace 1 h

A veces, en la sala de espera de un consultorio, uno se cruza con alguien que parece más viejo de lo que dice el documento. No es una cuestión de arrugas ni de canas: es la cara de quien lleva tiempo cargando algo que no puede nombrar. Antes de ponerme a leer sobre lo que el rencor prolongado le hace al cuerpo, me detuve en esa imagen, porque define bastante bien lo que la ciencia viene contando hace años: que el enojo crónico no es solo un estado de ánimo, sino una forma silenciosa de desgaste.

Guardar una ofensa sin procesarla no es únicamente un peso emocional. Tiene consecuencias físicas concretas y medibles. El cuerpo interpreta el recuerdo del agravio como si la amenaza siguiera presente y responde igual que ante un peligro real. La diferencia con la bronca puntual, que aparece con fuerza y se disipa, es que el rencor implica volver mentalmente sobre la ofensa una y otra vez, con una intensidad que no baja con el tiempo. Puede durar años, incluso décadas, y su origen puede ser una traición, una injusticia laboral, una ruptura o un conflicto familiar que nadie terminó de cerrar.

Lo que se va acumulando cuando el rencor se vuelve paisaje

  • Sistema cardiovascular: la presión se eleva de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, porque el organismo lee el recuerdo de la ofensa como una amenaza activa. Ese estado de alerta repetido aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.
  • Eje hormonal: el cortisol, la hormona asociada al estrés, permanece elevado más tiempo del que le corresponde. Esa alteración sostenida deteriora el sueño, favorece la acumulación de grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos.
  • Sistema inmunológico: con los mecanismos de defensa sometidos a una demanda constante, bajan las defensas frente a infecciones y se instala una inflamación de bajo grado, un proceso silencioso que se vincula con enfermedades crónicas de distintos tipos.
  • Plano muscular y digestivo: el cuello, la mandíbula y la espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso, lo que explica muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente. El sistema digestivo también se resiente, dado que el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional.

La fatiga que aparece en estos casos tampoco se entiende por el esfuerzo físico. Es el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo fue diseñado para que fuera breve. Cuando esa respuesta se cronifica, el agotamiento se vuelve un síntoma en sí mismo, casi tan difícil de tratar como el malestar emocional que lo origina.

“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología

El psiquiatra Norberto Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología, precisa que no hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. En esa línea, su frase resume algo que vale la pena repetir: el cuerpo que paga la factura es siempre el propio.

Al salir de la redacción, ya entrada la tarde, me crucé con una mujer que le decía a su amiga, mientras esperaban el colectivo: yo sé que tengo que soltar esto, pero es que todavía me duele. No hacía falta agregar mucho más: esa frase, tan simple, condensa el punto exacto donde la biología y la biografía se encuentran.

SM
Silvia MenéndezCultura y espectáculos

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