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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Flórez volvió al Colón con un mapa íntimo: de Mozart a Gardel, pasando por Chabuca Granda

El tenor peruano repasó su historia musical en un programa que combinó fragmentos operísticos con canciones que llevan consigo parte de su vida y la de su país.

Por Silvia MenéndezCultura y espectáculos · · hace 10 h
Flórez volvió al Colón con un mapa íntimo: de Mozart a Gardel, pasando por Chabuca Granda

Lo confieso de entrada: cuando entré al Teatro Colón aquella noche del 22 de septiembre, lo primero que me llamó la atención no fue el escenario, todavía a oscuras, sino una señora de unos sesenta y tantos que se acomodaba los anteojos con la misma ceremonia con la que se prepara un aplauso. Llegaba sola, con un programa impreso y esa expectativa de quien sabe que está por ver a alguien a quien vio crecer artisticamente. A su lado, una pareja joven comentaba en voz baja que era su primera vez en el Colón, y se reían de su propio asombro. Ese pequeño público, tan diverso, era una síntesis exacta de lo que vendría después: un Juan Diego Flórez que decidió, una vez más, tender puentes entre la ópera más exigente y las canciones que laten en su memoria afectiva.

Flórez volvió al teatro de la calle Libertad con un programa que recorrió a Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod, y que reservó para los bises un gesto que ya es marca registrada de su vínculo con el público: la guitarra en la mano y un repertorio que incluyó composiciones de Carlos Gardel y de la peruana Chabuca Granda. Esa decisión no fue caprichosa, y el propio tenor lo explicó después del concierto. Contó que en su casa se escuchaba música criolla antes de que él se interesara por la ópera, que de adolescente tocaba la guitarra y escribía sus propias canciones, y que a veces define el repertorio del bis recién en el camarín, probando lo que le pide el cuerpo después de cantar durante más de una hora.

El arte de interpretar a los clásicos con ojos de hoy

Cuando le pregunté cómo encara los personajes del repertorio italiano y francés, Flórez insistió en una idea que repitió más de una vez a lo largo de la charla: los años de trabajo permiten redescubrir las palabras y las frases musicales. La técnica vocal, dijo, está al servicio de la comunicación, y por eso historias escritas hace más de doscientos años siguen vigentes si uno se ocupa de acercar sus emociones a quien está sentado en la butaca. Esa mirada, que él llama aprendizaje interpretativo, es la misma que vuelca desde hace años en Sinfonía por el Perú, el programa social que él mismo fundó y donde trabaja con chicos y chicas de contextos vulnerables en distintos puntos del país andino. Para Flórez, enseñar música es transmitir herramientas de expresión y de escucha, algo que excede largamente el aprendizaje de un instrumento y que conecta, insistió, con el acompañamiento que él mismo recibió cuando empezaba a formarse como cantante.

A la salida, mientras la gente se agolpaba en la puerta esperando un taxi, escuché una frase que me parece la mejor síntesis de lo que viví ahí adentro. Un señor mayor, con el programa enrollado en la mano, le dijo a su acompañante: «Lo de la guitarra al final me hizo entender por qué canta como canta la ópera». Me quedé pensando en esa idea, tan simple y tan precisa, y me pareció la mejor manera de explicar lo que Flórez viene construyendo hace años: un puente vivo entre tradiciones que, vistas de lejos, parecen lejanas, y que en su voz suenan como una sola conversación.

SM
Silvia MenéndezCultura y espectáculos

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