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La cuenta pendiente de los vínculos: lo que un estudio británico le dejó a la vida saludable

Una investigación con más de 277.000 participantes del Biobanco del Reino Unido encontró diferencias de hasta 5,8 años en la vida sin enfermedades entre quienes atravesaban soledad o aislamiento social. Los hábitos saludables atenuaron una parte del efecto, pero no borraron el peso de sentirse solo.

Por Silvia MenéndezCultura y espectáculos · 26 de septiembre de 2026 · hace 53 min

Antes de entrar en tema, les confieso algo que vi mientras leía el informe: hay una imagen que se repite en casi todas las fotografías de archivo sobre envejecimiento saludable. Es la de una señora de unos setenta años, sentada en una plaza, con las manos cruzadas sobre la lapicera, mirando un papel cuadriculado donde alguien le pidió que escriba tres nombres de personas con las que podría contar si se cayera. La mayoría de las veces, la hoja queda a medias. Esa escena volvió a mi cabeza mientras revisaba los números de este trabajo, porque la pregunta que late debajo es bastante parecida: ¿a quién llamaríamos si nos pasara algo? Y, sobre todo, ¿alcanza con tener muchos contactos o hace falta algo más?

El estudio que difundió la Universidad de Tulane a fines de septiembre de 2026 reunió a más de 277.000 personas del Biobanco del Reino Unido, de entre 40 y 69 años, y las siguió durante años. Al ingresar al trabajo, ninguna de ellas tenía diabetes, enfermedades cardíacas, problemas pulmonares, demencia, cáncer, depresión ni ansiedad. Los investigadores calcularon cuántos años de vida saludable podían esperar a partir de los 50, en función de dos cosas: cuánto contacto tenían con los demás y si se sentían solas.

Aislado no es lo mismo que solo

El aislamiento social y la soledad suelen usarse como sinónimos, pero no lo son. El primero tiene que ver con la cantidad: cuántas relaciones se mantienen, cuán seguido se ve a alguien, qué tan activa es la vida social. La segunda, en cambio, es subjetiva: es el malestar por la falta de una conexión que se sienta significativa, como la define el Consejo Nacional de Envejecimiento. Una persona puede tener pocos vínculos y no sentirse sola, si esos lazos le alcanzan. Y, al revés, alguien muy rodeado puede experimentar una soledad profunda.

  • El aislamiento social se midió por la frecuencia de contacto con familiares, amigos y por la participación en actividades colectivas.
  • La soledad se evaluó con cuestionarios sobre la sensación de estar solo y de tener con quién hablar de temas importantes.
  • Los hábitos saludables considerados fueron alimentación, actividad física, sueño adecuado y no fumar.
  • El resultado de referencia fue la estimación de años de vida sin ninguna de las siete enfermedades estudiadas, tomando los 50 años como punto de partida.

Las cifras, sin vueltas

Los números que más llaman la atención son los de salud mental. Entre los hombres que atravesaban soledad y aislamiento social, la brecha estimada fue de 5,8 años menos sin depresión ni ansiedad. En las mujeres, la diferencia para esos mismos trastornos fue de 3,7 años. Cuando se miraron las enfermedades físicas (diabetes, problemas cardíacos, pulmonares, demencia y cáncer), la pérdida fue de 2,4 años en las mujeres y de 1,7 en los hombres.

Estos datos no hablan de años de vida perdidos en general, sino de años que se esperan vivir sin esas enfermedades concretas. Es una diferencia que se nota, y se nota mucho, sobre todo cuando se la cruza con el consultorio o con la mesa familiar.

Los hábitos ayudan, pero no alcanzan

Hay un detalle que me parece clave y que a veces se pasa por alto: comer bien, moverse, dormir y no fumar amortiguaron parte del efecto del aislamiento social, pero no modificaron de manera significativa los riesgos asociados con sentirse solo. En otras palabras, hacer todo lo «correcto» en el cuerpo no borra del mismo modo el peso de no tener una conexión que se sienta profunda.

El investigador principal, Lu Qi, fue claro al difundir el trabajo: los hallazgos atraviesan tanto la salud física como la mental. La advertencia, igual, queda flotando. Quien lee estos números puede entender que la soledad duele de una manera distinta al aislamiento, y que los hábitos, por saludables que sean, no siempre compensan esa falta.

“Los hábitos saludables atenuaron parte del efecto del aislamiento social, pero no modificaron de manera significativa los riesgos asociados con sentirse solo.”Resumen del estudio difundido por la Universidad de Tulane

Salí de leer el informe con la sensación de que la prevención suele hablar de cuerpos y rara vez de vínculos. A la salida, una médica clínica con la que charlé sobre el tema me dijo algo que me quedó dando vueltas: «A mis pacientes les indico caminatas, dieta y controles, pero pocas veces les pregunto a quién ven el fin de semana». Tiene 54 años, atiende en un consultorio de barrio y, según me contó, cada vez es más habitual que alguien le confiese que pasa los domingos sin hablar con nadie. Esa frase, más que cualquier tabla, resume lo que estos números intentan decir.

Por eso, cuando uno mira los 5,8 años de diferencia en salud mental para los hombres o los 2,4 años menos sin enfermedades físicas para las mujeres, no está mirando un ranking. Está mirando una señal de que los vínculos también se cuidan, y de que a veces la pastilla más importante no viene en un blister. Viene en una llamada, en un café, en la decisión de volver a preguntar cómo le va a alguien que hace tiempo no vemos. Pequeñas, sí. Pero, por lo que cuenta esta investigación, no menores.

SM
Silvia MenéndezCultura y espectáculos

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