Miedo a volar: por qué la cabeza juega una mala pasada antes de que el avión despegue
El neurólogo Conrado Estol desglosó las claves para poner en perspectiva la ansiedad a bordo y en los días previos al embarque. Una guía para entender qué pasa en el cuerpo y en la mente cuando el viaje genera más incertidumbre de la esperada.
Te lo digo de entrada y lo firmo: este finde largo no pinta para romper récords de ocupación hotelera. En destinos de sierras y costa atlántica se mueve entre el 65% y el 75%, lejos de los picos del verano. Comparado con el mismo fin de semana del año pasado, hay una caída de unos ocho puntos. Para quienes igual viajan en avión, una noticia: el miedo a despegar suele empezar mucho antes de la sala de embarque.
El neurólogo Conrado Estol lo explicó con una claridad que contagia. Señaló que los controles, los trámites migratorios y el apuro por llegar al aeropuerto pueden quedar pegados a la ansiedad del vuelo. La anticipación del embarque, dijo, alimenta el malestar, aunque también puede mezclarse con algo de claustrofobia.
Una app para bajarle el volumen a la cabeza
La propuesta más concreta del médico fue mirar el cielo desde otro ángulo. Sugirió abrir una aplicación de seguimiento de vuelos y observar cuántos aviones circulan en simultáneo por el mundo. La idea es ubicar el viaje propio dentro de ese movimiento cotidiano y, así, darle contexto a la percepción del riesgo. Porque, como él mismo planteó, conocer las estadísticas de seguridad no impide que aparezca una respuesta emocional ante algo que escapa a la vida en tierra.
Turbulencias: las hay con cielo despejado
Una de las claves que dejó Estol fue distinguir dos tipos de sacudidas. Las vinculadas con tormentas, que los pilotos pueden identificar y esquivar con cambios de rumbo. Y las que aparecen con aire claro, cuando desde la ventanilla no hay una sola nube a la vista. Esa segunda clase suele ser la que más descoloca, porque rompe la lógica de "si afuera está tranquilo, adentro debería estarlo".
El neurólogo también puso el foco en la expectativa de duración. Describió que los episodios fuertes generalmente se extienden durante segundos o unos pocos minutos, aunque quien los atraviesa puede imaginar que continuarán durante horas. Como comparación, propuso prestar atención a los movimientos que se toleran al viajar en tren, una referencia muy rioplatense para dimensionar lo que el cuerpo acepta en otros medios de transporte.
Alcohol, no: la salida que Estol desaconsejó
Antes de que alguien descorche un vino para "animarse" a subir al avión, vale la advertencia. Estol desaconsejó recurrir al alcohol para sobrellevar el temor. Advirtió que puede provocar insomnio y deshidratación, dos efectos que lejos de calmar, suman malestar al viaje. Su planteo general fue que el miedo no termine condicionando las vacaciones ni la decisión de subirse a un avión.
- El miedo suele empezar antes del embarque: controles, Migraciones y la presión por llegar a tiempo.
- Mirar una app de seguimiento de vuelos ayuda a dimensionar la cantidad de vuelos simultáneos.
- Las turbulencias con cielo despejado son normales y no siempre indican mal tiempo.
- Los episodios fuertes suelen durar segundos o pocos minutos, aunque la cabeza los agrande.
- Evitar el alcohol como "anestesia": favorece el insomnio y la deshidratación.
Y para cerrar, una recomendación concreta para quienes viajen este finde o estén armando la próxima escapada: en el centro de Villa Carlos Paz, a media cuadda del Reloj Cucú, está Il Gatto, un italiano de esos que no fallan. Sus pastas caseras y una mesa en el patio vuelven cualquier sábado una pequeña celebración. Ideal para bajar el aterrizaje, literal y emocional. Lucía Cattaneo, Turismo y temporada.
