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Mister Tomato, la salsa que empezó en el reverso de un comprobante de Gas del Estado

Dos hermanos de Centenario rescataron una tradición familiar de cuatro generaciones que su abuela llevaba en un papel desde 1981. Hoy producen unas 1.500 botellas por temporada con tomate San Marzano del Alto Valle y ya venden a todo el país.

Por Mariano EtcheverryPuerto y pesca · 5 de septiembre de 2026 · hace 1 h

De la cocina de una casa cerrada durante años salió, en el reverso de un comprobante de Gas del Estado, la pista que empujó a una familia de Centenario a convertir una tradición italiana de cuatro generaciones en un emprendimiento de conservas que ya se vende en distintas provincias del país. Bajo el nombre Mister Tomato, la salsa de tomate artesanal llegó a las ferias, los comercios regionales y, según cuentan sus propios impulsores, a pedidos que llegan desde muy lejos, con un primer lote de apenas unas decenas de botellas que marcó el inicio de un camino todavía en construcción.

La historia arranca a principios del siglo XX, cuando Argentina Martarelli y Pompeyo Pieroni salieron de Ancona, en Italia, y se instalaron en la región del Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Trajeron poco equipaje, pero trajeron algo que no pesa ni ocupa lugar en una valija: la costumbre de elaborar salsa de tomate casera durante el verano, en grandes cantidades, para abastecer la despensa familiar durante todo el año. Esa práctica, repetida generación tras generación, terminó siendo el ADN del proyecto.

Una receta que viajaba de ollas a cuadernos y de cuadernos a papeles viejos

La tradición se transmitió primero a los cinco hijos del matrimonio y después a sus nietos. Una de las piezas centrales fue Julia, hija de los fundadores, que mantuvo la costumbre y la pasó a su hija Cristina. Cada enero, las mujeres de la familia se reunían temprano, a las siete de la mañana, y cada una sabía bien cuál era su rol: seleccionar los tomates uno por uno, encender el fuego, hundir los cucharones en ollas enormes. Las que llegaban tarde, recuerdan todavía con humor, podían quedar afuera de la jornada y debían esperar al domingo siguiente para sumarse a la siguiente tanda.

Cuando Julia falleció en 2006, su casa quedó prácticamente intacta durante años, preservada por la familia como un reservorio de memorias. Al volver a recorrerla tiempo después, su nieto Juanma revisó cajas con fotografías y papeles viejos. Entre ellos apareció un comprobante de pago de Gas del Estado fechado en 1981, con sello del Banco Provincia del Neuquén. En el reverso, escrito a mano por la propia Julia, estaba el detalle de la temporada de ese año: cajones de tomates, botellas limpias, botellas sanas, botellas rotas. Era un registro minucioso de producción, casi un parte de campaña, que había sobrevivido cuatro décadas sin que nadie lo estuviera buscando.

“Fue como encontrar un tesoro. Hasta entonces, la salsa era simplemente lo que se hacía en casa; ese papel nos hizo mirar la receta de otra manera.”Juanma, nieto de Julia e impulsor del proyecto Mister Tomato

De la olla familiar a la sala de elaboración municipal

El hallazgo encendió la mecha. Para dar el salto del consumo familiar a la venta, los hermanos entendieron que no alcanzaba con la memoria: había que capacitarse en elaboración de conservas y en normas de seguridad alimentaria. Las primeras prácticas las hicieron en la sala municipal La Celina, en Centenario, un espacio pensado para acompañar a emprendedores de la economía social. El primer lote oficial de Mister Tomato fue chico: entre 30 y 50 botellas. Sin embargo, alcanzó para mostrar dos cosas a la vez, que el producto tenía salida y que la demanda superaba la oferta. Se quedaron sin tomates y entendieron que producir para vender exige una lógica muy distinta a la de abastecer la cocina de la casa.

La receta, intacta: San Marzano del Alto Valle y sin aditivos

A la hora de definir el producto, la familia optó por mantener la base original de la salsa y sumar un cambio estratégico: elegir como materia prima el tomate San Marzano, una variedad cultivada por productores locales del Alto Valle. La decisión combina dos cosas que suelen ir juntas, identidad y mercado, porque ese tomate es el que distingue a las salsas italianas más reconocidas y al mismo tiempo se produce a pocos kilómetros de la planta de elaboración. La receta, en lo esencial, sigue siendo la de Julia: tomate triturado y albahaca, sin azúcar, sin sal agregada y, sobre todo, sin conservantes ni aditivos, una decisión que condiciona los tiempos de producción pero que define el perfil artesanal del producto.

Hoy Mister Tomato se comercializa en ferias regionales y en comercios de distintas ciudades, y los pedidos, según describen sus propios hacedores, ya llegan desde distintos puntos del país. El crecimiento es incipiente y todavía tiene más de proyecto familiar que de industria, pero el punto de partida ya está escrito en un papel amarillo que alguien guardó sin saber que era el primer plan de negocio de la familia. Como suele repetirse en la banquina del puerto cuando un barco vuelve con el casco cargado, lo que sostiene a una pyme que recién arranca no es el tamaño de la bodega, sino la certeza de que en cada botella va un poco de la historia que se quiere seguir contando.

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Mariano EtcheverryPuerto y pesca

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