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Viernes, 2 de octubre de 2026
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Tocar un instrumento desde chico: qué midió la ciencia y qué todavía no puede asegurar

Un estudio de la Universidad Northeastern comparó a 76 niños de entre 7 y 9 años y encontró mejores puntajes en memoria y en pruebas escolares entre quienes practicaban música. La ventaja es real, pero la explicación causal sigue abierta.

Por Camila ZárateUniversidad y ciencia · · hace 1 h
Tocar un instrumento desde chico: qué midió la ciencia y qué todavía no puede asegurar

Cada tanto aparece un titular que dice que la música vuelve más inteligentes a los chicos. Esta vez la promesa llega con letra chica: un equipo de la Universidad Northeastern revisó datos de 76 niños de entre 7 y 9 años y vio que los que tocaban un instrumento rendían mejor en varias pruebas cognitivas y escolares. Pero los propios autores aclaran que eso no alcanza para decir que las clases de música fueron la causa.

Qué midió el estudio y con quiénes

  • Reunió a 76 chicos de 7 a 9 años, divididos en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico.
  • Una mitad tocaba un instrumento (sobre todo piano y cuerdas) con al menos 30 minutos semanales de práctica; la otra no tenía formación musical.
  • Se evaluaron memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario, aprendizaje visual y auditivo, además de lectura, escritura y matemáticas.
  • A 50 participantes se les realizó una resonancia magnética para observar diferencias en una vía cerebral que conecta áreas de audición, lenguaje y movimiento.

Los resultados fueron consistentes: los chicos con práctica obtuvieron mejores puntajes en memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario y aprendizaje visual y auditivo. En el plano escolar, las diferencias aparecieron en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras. La investigadora Psyche Loui vinculó esas ventajas con las llamadas funciones ejecutivas, esas operaciones mentales que permiten planificar, sostener la atención, controlar impulsos y adaptarse a lo inesperado, comparables a las que usa un director de orquesta que tiene que mirar la partitura, escuchar a los demás músicos y marcar el ingreso a la vez.

Por qué el entusiasmo tiene freno

Acá viene la advertencia central del trabajo: los participantes no fueron asignados al azar a tomar clases o no tomarlas. Las familias que pudieron pagar un instrumento y sostener la práctica durante meses suelen ser las que también ofrecen libros, viajes, conversaciones largas y otros estímulos. Aunque los investigadores cruzaron datos socioeconómicos para equiparar los grupos, esa comparación no borra del todo las demás diferencias. En otras palabras: la música aparece asociada al mejor rendimiento, pero todavía no se pudo demostrar que lo provoque. La propia Loui lo dijo con una frase que sirve de anclaje: tocar exige atención, memoria y control al mismo tiempo, y eso puede dejar huella en el cerebro, pero hacen falta estudios que sigan a los chicos en el tiempo para separar causa de casualidad.

“Todavía no podemos afirmar que aprender un instrumento produzca estas mejoras cognitivas; los resultados son una fotografía, no una película.”Psyche Loui, profesora de Música de la Universidad Northeastern

Para entender qué pasa dentro de la cabeza de un chico cuando toca, recurrí a Tomás, un becario de psicología educativa que ayuda en una orquesta infantil de La Plata. Me contó algo simple pero revelador: cuando un nene de 8 años lee una partitura con compases de negra y corchea, al mismo tiempo cuenta los tiempos con el pie y espera la entrada del violinista de al lado, está entrenando exactamente las mismas habilidades que después necesita para resolver un problema de varias consignas. Es como hacer dos cosas a la vez en la cocina: controlar el fuego y leer la receta sin perder el hilo. La educadora musical Anita Collins lo resume de manera parecida: aprender un instrumento ejercita la escucha, la planificación y la autorregulación, tres músculos mentales que después se usan en cualquier materia escolar.

Los propios autores del estudio sumaron una advertencia que en la Argentina pega de lleno: la formación musical sostenida cuesta dinero, tiempo y traslados. Un piano o un violín de no es lo mismo que una tablet con una aplicación. Si la música termina siendo una herramienta de desarrollo cognitivo, el riesgo es que se convierta también en una nueva brecha entre los que pueden pagarla y los que no. Por eso el hallazgo sirve para pedir más escuelas con orquestas gratuitas, más talleres en barrios y más políticas que acerquen el instrumento a quien lo quiere, en lugar de dejarlo como un privilegio de clase media.

Sirve para tomar decisiones con los ojos abiertos. Si vos, como madre o padre, podés sumar a tu hija a una clase de música, este estudio te dice que probablemente va a ganar en memoria, atención y hasta en ortografía, pero no te garantiza que sea por la música: podría ser por el conjunto de estímulos que esa decisión trae aparejada. Sirve, además, para que las escuelas no compren el atajo de recortar los talleres de arte pensando que son un lujo. Y sirve, sobre todo, para empujar investigaciones más largas, con seguimientos de años, que permitan separar lo que la música hace dentro del aula de lo que ya estaba pasando en la mesa de la casa.

CZ
Camila ZárateUniversidad y ciencia

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