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Una mutación que vive en silencio: cómo un gen poco conocido puede cambiar el ánimo, la atención y hasta un embarazo

Afecta a casi la mitad de la población, suele pasar desapercibida y tiene solución concreta: cambiar ácido fólico por metilfolato y ajustar la vitamina D. Recorrido por una condición que muchos arrastran sin saberlo, según la explicación de especialistas en biología humana y bioquímica.

Por Silvia MenéndezCultura y espectáculos · 5 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Cada vez que en la consulta alguien me pregunta por qué se siente agotado, ansioso o disperso, y arrastra una historia clínica larga con respuestas que nunca terminan de cerrar, yo pienso en lo mismo: cuántos de esos casos podrían explicarse por un gen del que casi nunca se habla, que vive en silencio dentro del cuerpo y que, sin embargo, está presente en cerca de la mitad de las personas. Me refiero al MTHFR, una sigla que suena técnica y hermética pero que esconde una historia muy concreta, muy humana y, sobre todo, muy tratable. De eso quiero hablar hoy: de un interruptor genético que puede apagar la calma, la concentración o la continuidad de un embarazo, y que tiene una llave de solución bastante más simple de lo que se imagina.

El gen MTHFR —su nombre completo es metilentetrahidrofolato reductasa— cumple una función precisa: permitir que el organismo transforme el folato en su forma activa y aprovechable. Cuando ese gen presenta una variante común, ese proceso falla. El cuerpo recibe folato o ácido fólico pero no puede utilizarlo, y el resultado aparece como déficit aunque la ingesta sea adecuada. La variante está presente en aproximadamente el 46 por ciento de la población mundial, un número enorme que obliga a tomar en serio el tema.

Síntomas que rara vez se asocian con una causa genética

Entre quienes portan esa variante es habitual encontrar mayor incidencia de ansiedad, de trastorno por déficit de atención e hiperactividad y también de abortos espontáneos. Son cuadros que rara vez se vinculan con un origen genético tratable y que, en general, terminan medicándose por separado, sin atacar la raíz. "Las personas no están rotas, simplemente tienen una deficiencia", resumió Gary Brecka, especialista en biología humana, al describir la condición. Esa frase me parece clave, porque corre el estigma del lado y lo reemplaza por una posibilidad: la de hacer algo distinto y ver un cambio real.

El cambio concreto: metilfolato en lugar de ácido fólico

El ajuste práctico es directo y, a la vez, profundamente transformador: reemplazar el ácido fólico por metilfolato, también llamado 5-MTHF, que es la forma biodisponible, la que el organismo asimila sin necesidad de conversión. Esto aplica tanto a suplementos individuales como a vitaminas prenatales, donde la versión metilada es la indicada para mujeres en etapa gestacional que portan la variante. Vale una aclaración importante: el folato existe de forma natural en los alimentos; el ácido fólico es un compuesto sintetizado en laboratorio por primera vez en 1943 y, desde 1993, incorporado de manera obligatoria por varios gobiernos en granos procesados como panes, harinas, cereales y pastas. Para quienes tienen la mutación MTHFR, ese aporte obligatorio no solo no es útil, sino que puede acumularse sin procesarse. Saberlo cambia la manera de encarar el problema.

Vitamina D3: el otro nutriente al que conviene ajustar la mira

Hay un segundo nutriente con impacto concreto sobre la salud a largo plazo: la vitamina D3. El rango clínico considerado normal va de 30 a 100 nanogramos por decilitro, pero 30 nanogramas representan, en la práctica, una deficiencia. El nivel que la evidencia disponible asocia con menor riesgo de ciertas enfermedades, incluyendo cáncer de mama en mujeres, se ubica entre 60 y 80 nanogramos por decilitro, y la recomendación mínima suele situarse en 5.000 unidades internacionales diarias, incluso con exposición solar regular. Eso explica por qué tantas personas suplementan D3 y, sin embargo, siguen con valores bajos: el problema no es la dosis, es la forma en que el cuerpo la procesa.

Hay un detalle que suele quedar fuera de las recomendaciones y que, sin embargo, es clave para que la suplementación no termine generando un problema nuevo: la D3 no debería tomarse sola. La vitamina D3 es una molécula de transporte de calcio, y la vitamina K2 cumple el rol de indicar a ese calcio adónde ir: si a los huesos, donde cumple su función estructural, o si a las arterias y tejidos blandos, donde se deposita y, con el tiempo, puede causar daño. Por eso los esquemas serios combinan D3 con K2, y conviene recordarlo cada vez que alguien se automedica con una pastilla que sacó de un envase sin más indicación que la buena voluntad.

A mí, como lectora y como periodista, lo que más me importa de esta historia es el impacto cotidiano. Pensemos en alguien —muchos de nosotros— que pasa años tomando ácido fólico porque le dijeron que era importante, especialmente en el embarazo, y sin embargo no solo no obtiene el beneficio esperado sino que acumula una sustancia que su cuerpo no puede metabolizar. O en una persona con ansiedad crónica que probó distintos tratamientos y no relacionó nunca su estado con algo tan básico como un gen que no convierte bien una vitamina. Cambiar ácido fólico por metilfolato y sumar K2 a la D3 parece poco, pero a veces lo poco es exactamente lo que estaba faltando.

Una mujer de unos cincuenta años, a la que escuché contar su caso al salir de un consultorio, lo dijo con una mezcla de alivio y bronca: "Llevo veinte años medicándome para la ansiedad y lo que tenía era un folato que no me servía". Esa frase me quedó dando vueltas, porque resume mejor que cualquier paper por qué conviene hablar de esto con nombre propio, sin eufemismos y sin promesas mágicas, pero tampoco con el silencio con el que se suele tratar a los genes comunes que, sin embargo, siguen cambiando la vida de casi la mitad de las personas.

SM
Silvia MenéndezCultura y espectáculos

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