A casi medio siglo del golpe, "La batalla de Chile" vuelve como una lección de cine y de memoria
La trilogía de Patricio Guzmán reconstruye el período de Allende y la ruptura institucional que llevó a Pinochet, con la cámara como testigo directo del conflicto.
Lo primero que uno nota cuando la sala se llena es la edad promedio del público: muchos pasaron los cuarenta y varios ya peinan canas. Vienen con esa mezcla de curiosidad y memoria que sólo despierta un documental como "La batalla de Chile", la obra mayor del chileno Patricio Guzmán, que sigue siendo, a casi cinco décadas del golpe de Estado, una de las piezas más lúcidas que se hayan filmado sobre un país en el momento exacto en que se quebró. Lo confirmo cada vez que la proyecto en cualquier ciclo de cine político: la gente se queda hasta que aparece "The End", callada, como si todavía estuviera procesando lo que acaba de ver.
Una trilogía filmada mientras la historia sucedía
La particularidad de esta película, y lo que la vuelve una rareza incluso para los que vimos cientos de documentales políticos, es que Guzmán y su equipo salieron a rodar cuando todavía no sabían cómo terminaba la historia. La cámara estaba ahí, en el Parlamento y en las asambleas obreras, registrando debates, discusiones, desconfianzas y también la ilusión de quienes creían que otro Chile era posible bajo el gobierno de Salvador Allende. El material se ordena en tres partes con títulos que ya son una declaración: "La insurrección de la burguesía", "El golpe de estado" y "El poder popular", justamente el que alcanzó el primer eslabón de la cadena, donde se ve cómo se fueron acumulando las tensiones dentro y fuera de la izquierda.
- La burguesía: el primer segmento muestra los movimientos del opposition y de los sectores económicos que se fueron organizando contra la experiencia de Allende, con escenas que parecen hoy proféticas.
- El golpe: la parte central registra los días previos y el golpe militar encabezado por Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973, con una crudeza que sigue golpeando al espectador.
- El poder popular: el cierre rescata las asambleas de trabajadores, los cordones industriales y las discusiones de base, donde se discutía en serio cómo transformar el país desde abajo.
Lo que a mí me sigue conmoviendo, y se lo escuché decir a más de uno a la salida, es que la película no se limita a mostrar el conflicto desde arriba: las decisiones parlamentarias convivia con las reuniones de fábrica, los discursos oficiales con las discusiones de los trabajadores. Guzmán entiende, y lo plasma con paciencia de historiador, que una revolución, o un golpe, no se entiende sólo desde los despachos. Por eso la obra se inscribe con tanta naturalidad en la tradición del Tercer Cine, esa corriente latinoamericana que pensó el documental como herramienta de registro histórico y de compromiso político, bien lejos de la lógica industrial de Hollywood.
“La película no se limita a mostrar el conflicto desde arriba: las decisiones parlamentarias convivia con las reuniones de fábrica.”Silvia Menéndez
Mientras la proyectan de nuevo en salas y festivales, aprovecho para recomendarle a quien no la haya visto que se siente con tiempo y se prepare para una experiencia que es, al mismo tiempo, cinematográfica e histórica. Y a quien la conozca, le sugiero volver a verla: el tiempo la volvió más densa, más actual, más necesaria. Como me dijo una señora en la puerta del cine mientras se acomodaba el pañuelo, antes de perderse entre el gentío: "Cada vez que la pasan, parece que la cuentan por primera vez".
