Croquetas de calabaza y queso: la versión sin bechamel que se arma con lo que hay en la alacena
Sin harina ni manteca, la masa se sostiene con puré de calabaza, parmesano y un rebozado doble. Una opción para resolver la cena de viernes sin complicarse.
Vayan de a una, porque vuelan: croquetas de calabaza y queso, doradas por fuera y con el corazón derretido. La clave es que la masa no lleva bechamel. Se reemplaza por un puré de calabaza bien espeso, condimentado con cebolleta, ajo y queso parmesano en polvo. Adentro, un dado de gouda que se funde apenas toca el aceite caliente.
La masa, paso a paso
- Cocer la calabaza en el microondas unos diez minutos, hasta que esté tierna.
- Rehogarla en sartén con cebolleta y ajo hasta lograr un puré homogéneo.
- Sumar dos cucharadas de parmesano en polvo, sal y pimienta. Dejar enfriar por completo antes de armar las croquetas.
El secreto está en la paciencia: con la masa caliente no se puede dar forma. Hay que dejarla enfriar del todo, y ahí recién aparece el dorado perfecto.
El rebozado que las salva
- Pan rallado, huevo batido y otra vez pan rallado.
- Freír en aceite abundante y bien caliente, por tandas, hasta que queden doradas de manera pareja.
- Escurrir sobre papel absorbente antes de servir.
Sirven como aperitivo con una copa de algo fresco, o como cena liviana con una ensalada verde al lado. La calabaza es la reina del otoño y el gouda se puede cambiar por cualquier queso semiduro que derrita bien. Para comer y celebrar, mi lugar de cabecera en cualquier viernes: la barra de Croque Madame en Palermo, donde las croquetas son siempre una buena idea.
