Delia sale de Lobos en su Berlingo y ya suma cuatro años de ruta: «me acostumbré a dormir en el auto»
Tiene 63 años, vive en un campo cerca de la Ruta 41 y transformó un Renault 11 del 91 en su primera casa rodante. Hoy viaja en una Citroën Berlingo adaptada y no para: ya conoció Las Grutas, Misiones, Iruya y planea seguir hacia el norte profundo.
Arranco con lo que hay: el fin de semana largo dejó ocupación hotelera casi plena en los destinos del norte que Delia viene transitando, y según datos que maneja la propia viajera la demanda de casas rodantes y autos adaptados viene creciendo al menos un 30% contra la misma fecha del año pasado. Lo que sigue es la historia de una jubilada de Lobos que dejó de mirar carteles desde la ventanilla y empezó a doblar en cada pueblo.
Del mostrador al asiento del acompañante
Delia Torres pasó años armando itinerarios para terceros. Sabía de hoteles, de horarios, de excursiones. Pero siempre le quedó la espina de esos carteles amarillos al costado de la ruta que prometen un pueblo, una terma, un salto de agua. La pandemia le movió el piso: ya se había mudado al campo en 2019, sobre la Ruta 41, y cuando vio pasar las primeras casas rodantes frente a su casa entendió que el mundo se podía recorrer de otra manera.
En YouTube encontró a un montón de locos que adaptaban autos comunes para vivir arriba. No tenía presupuesto para un motorhome, así que miró lo que tenía en el galpón: un Renault 11 modelo 1991, criado a base de ajustes. Sacó la butaca del acompañante y metió una cama de una plaza con espacio de guardado debajo. En la luneta armó una cocinita con anafe y dos bidones de agua; del otro lado, un inodoro químico portátil. Todo medido con cinta, probado con almohadones y un catre viejo, como una prueba y error de semanas.
El norte, en caravana
El debut largo fue a Las Grutas, en Río Negro, en 2021. Quince días fuera, sola. Después vinieron Chajarí, Corrientes, las Cataratas del Iguazú, Yapeyú, El Soberbio y los Saltos del Moconá, esos a los que llegó con niebla y tuvo que aguantar hasta el mediodía para verlos caer. Se subió a un gomón y volvió con la sonrisa puesta: «fue una de las cosas más memorables del viaje», me dijo al teléfono.
El año pasado se mandó con todo: caravanas por la Ruta 40, Jujuy, Iruya. Cuarenta días arriba del auto. En Catamarca frenó sola: el Renault no bancaba la subida al Campo de Piedra Pómez y el viento en contra era de esos que te sacuden el volante. Prudencia antes que foto.
Hoy, con Berlingo y proyectos
Ahora rueda en una Citroën Berlingo adaptada, más cómoda, con mejor altura y con espacio para lo mismo: cama, cocina, baño. Su próximo objetivo: profundizar el norte, meterse en valles y quebradas que todavía no conoce. La red de viajeros que conoció en aquel encuentro de General Belgrano sigue activa: cuando algo se rompe, un mensaje al grupo y alguien aparece para ayudar.
- Llevar siempre dos bidones de agua, uno para consumo y otro de reserva.
- Avisar la ruta prevista antes de salir y mantener el celular cargado.
- Empezar con trayectos cortos, de 80 a 120 kilómetros, para probar el auto adaptado.
- Un anafe de una hornalla rinde sobra para mate, café y guiso.
- Respetar el vehículo: si el motor no responde, frenar y esperar, como hizo Delia en Catamarca.
Si te copa la idea, una recomendación concreta para cuando pases por Lobos: el almuerzo en el Club Social, sobre la avenida principal, donde sirven un guiso de lentejas casero que entra perfecto después de una mañana de ruta. Yo paro ahí cada vez que vuelvo del sur y siempre me atienden como si fuera del pueblo. Te queda la panza llena y la nafta cargada para seguir.
