El precio oculto de ser el pilar de todos: la soledad que llega a los 60
La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competentes, queridas y socialmente activas que, al cruzar la madurez, descubren que sus vínculos fueron más funcionales que genuinos. Reconocerlo a tiempo es clave para revertirlo.
En la sala de espera de un consultorio del barrio de Belgrano, una mujer de 58 años con un bolso de cuero gastado y la mirada todavía firme me contó, antes de que yo le preguntara nada, que había criado a tres sobrinos, sostenido a su madre durante una enfermedad larga y acompañado a una amiga en un divorcio feroz. «Siempre estuve», me dijo, y en esa frase ya estaba la radiografía entera del tema que nos ocupa. Lo que la psicología clínica viene estudiando hace años y que titulares recientes vuelven a poner sobre la mesa: quienes cuidan a todos pueden llegar a los 60 rodeados de gente y, sin embargo, profundamente solos.
Cuando la fortaleza se vuelve una trampa silenciosa
Lo que los especialistas denominan cuidado compulsivo no es un capricho ni un defecto de carácter. Es, en general, una construcción temprana: personas que aprendieron muy chico que su valor dependía de estar disponibles, de escuchar, de resolver. A los 30 eso es una virtud celebrada. A los 50 empieza a ser un peso. A los 60, cuando la vida cambia de etapa y muchas veces el escenario laboral se reconfigura, puede transformarse en un aislamiento que duele y que, además, sorprende. No es torpeza social: es la consecuencia lógica de décadas de vínculos sostenidos sobre la utilidad y no sobre la reciprocidad.
El mecanismo es sutil y se vuelve visible cuando cambian las circunstancias. Una salida del mercado laboral, una pérdida personal, una mudanza o cualquier crisis propia expone que buena parte de la red dependía del acceso a experiencia, contactos o capacidad de gestión que uno aportaba. Cuando ese capital funcional se diluye, la red se adelgaza. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT, confirman que los lazos construidos casi exclusivamente sobre la función colapsan cuando el contexto se modifica. La reciprocidad, en cambio, es lo que los hace sobrevivir.
Pedir ayuda, la asignatura pendiente
Hay un segundo obstáculo, más íntimo y más difícil de abordar: la dificultad para pedir auxilio. Quienes ejercieron durante años el rol de cuidadores asocian solicitar apoyo con una amenaza a su propia autoestima. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo porque contradice la imagen que construyeron con tanto esmero, y esa incomodidad los lleva a transitar sus crisis en soledad, aun cuando tengan a alguien a dos metros. Es una paradoja que los profesionales de la salud mental ven una y otra vez en el consultorio.
La salida que propone la psicología no pasa por dejar de cuidar a otros, sino por habilitar la reciprocidad. Y eso, en la práctica, implica dos movimientos muy concretos:
- Comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, porque después de décadas en el rol de dadores, los demás literalmente no están entrenados para ofrecer.
- Revisar qué vínculos se sostienen solo por la utilidad que uno aporta y cuáles sobreviven incluso cuando uno no puede dar nada a cambio.
- Trabajar el patrón cuanto antes, idealmente mucho antes de los 60, para tener tiempo de construir relaciones de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice en torno a la jubilación o a otros cambios de etapa.
Lo que más me quedó dando vueltas de esta nota, y se los confieso porque soy de las que prefiere la primera persona, es que la mayoría de los protagonistas de esta historia no son personas grises ni hurañas. Al contrario: suelen ser encantadores, resolutivos, los primeros a los que se llama cuando algo se complica. Por eso el golpe a los 60 es doble, porque nadie lo vio venir. Y si usted, querido lector, se reconoció en más de un párrafo, sepa que el primer paso no es dejar de ser quien es, sino animarse a mostrar que también necesita. A veces, el acto más revolucionario de un cuidador compulsivo es, simplemente, pedir un café.
“Yo pensé que tenía cien amigos, hasta que dejé de ser útil. Ahí me di cuenta de que tenía conocidos.”Mujer de 58 años, en la sala de espera de un consultorio de Belgrano
