Entre baobabs y cráteres: una semana de safari por el norte de Tanzania
Recorrido por Tarangire, Serengeti y Ngorongoro, con paso por comunidades hadzabe, datoga y masáis, y una parada final en las aguas rojizas del lago Natron.
El finde arrancó con cielo despejado en el norte de Tanzania y la ocupación hotelera de los lodges rozó el lleno total, como me habían adelantado en la agencia. Para esta época, la reserva estaba prácticamente cerrada en Tarangire y en el Seronera. Lo cuento porque vale la pena comparar: el año pasado, en la misma fecha, la movida era otra y los campamentos a orillas del Mara todavía tenían lugar sin reservar con tanta anticipación. Ahora, en cambio, conviene llamar con tiempo.
El viaje empieza en el aeropuerto de Kilimanjaro, la puerta de entrada más cómoda para meterse de lleno en los parques del norte. De ahí en más, todo se hace en vehículo, con chofer-guía que conoce los caminos de tierra y los animales como la palma de su mano.
Tarangire: baobabs y manadas de elefantes
El primer escenario es el parque Tarangire, famoso por sus baobabs y por sus elefantes, que se mueven en grupos grandes. El alojamiento de la zona es un lodge a la orilla del lago Burunge, ideal para arrancar temprano con una vianda en el auto y almorzar en plena sabana. La sensación de estar rodeado de esos árboles gigantes es de las cosas que no se olvidan.
Serengeti: cuando la migración no tiene horario
Después viene el Serengeti, con sus casi 15.000 kilómetros cuadrados de llanura. La gran migración de cebras y ñus se mueve todo el año detrás del pasto, y acá viene la aclaración clave para cualquiera que planee ir: no hay día ni hora fijos. Los animales pueden acercarse al río Mara, dudar y volver sobre sus pasos antes de cruzar. Hay que tener paciencia y quedarse en el lugar.
El campamento a la orilla del Mara tiene carpas equipadas con alfombras, lámparas y hasta una radio, un detalle que sorprende. En el valle del Seronera la suerte nos regaló un leopardo echado sobre la copa de un árbol y una leona con sus dos cachorros, que cruzó el camino delante del vehículo como si nada.
Ngorongoro: el cráter con 25.000 animales
- El descenso al cráter demanda alrededor de media hora por un camino de cornisa, con pendientes marcadas.
- Dentro del cráter viven unos 25.000 animales, entre los que se cuentan rinocerontes negros que se avistan a distancia.
- El paisaje cambia: aparece la vegetación, el agua y hasta flamencos rosados en las lagunas.
- El almuerzo se hace dentro del vehículo, porque los milinos bajan en picada a arrebatar la comida de las manos.
Comunidades hadzabe y datoga, y el broche en el lago Natron
Fuera de los parques, el valle del lago Eyasi permite el encuentro cara a cara con los hadzabe y los datoga. Con los primeros se ven prácticas de caza y recolección; vale aclarar algo importante: parte de las actividades estaban preparadas para los visitantes. Con los datoga, en cambio, lo más fuerte es el taller de herrería, donde reciclan metal para hacer puntas de flecha y herramientas.
El cierre del recorrido llega en el lago Natron, con sus flamencos, sus aguas alcalinas y rojizas y los depósitos de sal, todo al pie del volcán activo Ol Doinyo Lengai. Para caminar por la orilla hay que ir preparado: el barro es denso y puede tragarse las zapatillas. La visita a una aldea masái completa la experiencia y deja una postal distinta de los safaris.
Para comer bien en la zona, mi recomendación concreta es almorzar en el lodge del lago Burunge después de la salida por Tarangire: la cocina local acompaña el paisaje y se come tranquilo mirando el agua. Si andan por el Seronera, pidan el box lunch que arman los campamentos del Serengeti: sencillo, pero al rato de manejar se agradece.
