La infancia que vuelve cada vez que criamos: cómo reconocer los patrones que repetimos sin darnos cuenta
El especialista en trauma Maxi McCoubrey explica qué huellas de la propia crianza reaparecen al tener hijos, por qué querer hacer todo lo contrario tampoco alcanza y qué gestos mínimos pueden empezar a torcer el destino.
Cuando aparece un hijo, muchos adultos descubren algo que no esperaban: que la crianza propia se les cruza en el camino de la nueva crianza, sin pedir permiso. No es capricho ni es flojera. Es que nadie empieza a criar desde cero, y la historia personal —con sus silencios, sus gritos y sus ausencias— se mete en cada decisión cotidiana. El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey lo resume sin vueltas: "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos".
Esa historia aparece donde menos se la busca. Se cuela en la forma de hablar en la mesa, en el modo de poner límites, en la reacción cuando un chico desafía o cuando se queda callado. También se mete en lo que se da por sentado: qué se entiende por éxito, por esfuerzo, por obediencia y por amor. Hay familias donde pedir afecto costó siempre una cuota de vergüenza, y otras donde el afecto se administraba como recompensa.
La primera pista: lo que se repite y lo que se quiere cambiar
Para McCoubrey, el problema no está en repetir. Lo que hay que interrumpir es otro. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa. La repetición, en sí misma, es parte del aprendizaje: los hijos miran, imitan, absorben. La cuestión aparece cuando se repite lo que hizo doler.
- Pérdidas silenciadas: duelos que nunca se nombraron y que aparecen como rigidez o distancia emocional con los hijos.
- Violencias naturalizadas: gritos, cachetazos o castigos públicos que en la infancia se vivieron como "lo normal" y vuelven como automático.
- Vergüenzas heredadas: la sensación de que ciertas necesidades —pedir ayuda, mostrar vulnerabilidad, equivocarse— son inaceptables.
- Mandatos que pasan de generación en generación: frases como "en esta casa no se llora" o "hay que aguantar" que se repiten sin revisarlas.
Criar en contra tampoco alcanza
Una salida tentadora es jurarse que se va a hacer todo lo contrario a lo que se vivió. Según McCoubrey, esa reacción tiene un riesgo conocido: "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres". El especialista lo grafica con un ejemplo habitual: quien creció con un padre muy rígido puede terminar leyendo cualquier frustración del hijo como un trauma, y entonces confundir firmeza con crueldad, o confundir libertad con abandono.
“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Cómo saber si la historia propia se está metiendo
La señal más clara, dice McCoubrey, suele ser una reacción desmedida frente a una situación chica. Una bronca que desborda por un vaso tirado, una preocupación extrema por una nota regular, la necesidad de tener todo bajo control. Son escenas cotidianas las que delatan el peso de lo viejo: lo que hoy parece una explosión aislada suele tener raíces en capítulos que nunca se terminaron de procesar. Cambiar el patrón no exige dejar de equivocarse. A veces alcanza con gestos más chicos: detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir "lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto". Es un primer paso que no borra el pasado, pero le empieza a sacar el poder de decisión sobre el presente.
