Limoges, la ciudad francesa donde la porcelana y el esmalte cuentan su historia con las manos
A mitad de camino entre París y Toulouse, la capital del esmalte y la porcelana invita a recorrer museos, talleres y locales de fábrica en una escapada de fin de semana largo.
Arranco contándote cómo viene el finde: en Limoges el termómetro ronda los 22 grados, con tardes templadas que invitan a caminar el casco histórico sin apuro. La ocupación hotelera promedia el 78 por ciento, cinco puntos por encima del mismo fin de semana del año pasado, cuando la ciudad todavía resentía la caída del turismo europeo. Este año los museos trabajan con grupos medianos y se nota un repunte del visitante argentino, sobre todo en escapadas de cuatro o cinco noches que combinan la ciudad con paradas en la región de Nueva Aquitania.
Limoges se planta en el centro de Francia, a medio camino entre París y Toulouse, y su fama viene de dos oficios que lleva siglos perfeccionando. El esmalte tiene más de mil años de historia en estas tierras, mientras que la porcelana despegó hacia 1760, cuando se descubrió caolín en las canteras cercanas. La cercanía de los bosques, que abastecían de leña a los hornos, terminó de cerrar el círculo productivo. Hoy esa herencia se recorre a pie, combinando museos, talleres abiertos al público y locales de fábrica donde la vajilla se compra a precios más amables que en las grandes tiendas.
Museos para entender la tradición
El Museo Nacional Adrien Dubouché es de esas visitas que hay que hacer sin prisa. Lleva el nombre de un mecenas del siglo XIX que se empeñó en juntar lo mejor de la porcelana local. En sus vitrinas aparece el servicio Grain-de-riz, fabricado por la manufactura Pouyat en 1878, y hay lugar para las piezas de Haviland, que supo mirar hacia Japón para renovar los diseños. El recorrido deja ver cómo el art nouveau y el art déco fueron dejando huella en las formas y los colores de la ciudad.
“Nuestra colección reúne más de 1200 piezas de esmalte, desde el siglo XI hasta la actualidad. Entre los objetos más antiguos hay una medalla azul de unos tres centímetros, realizada alrededor del año 1000.”Eric Boutaud, guía local
El Museo de Bellas Artes, instalado en el antiguo palacio episcopal, completa la vuelta. Allí el esmalte se luce en relicarios medievales y en trabajos renacentistas de Léonard Limosin, uno de los nombres propios del oficio. La catedral Saint-Étienne, en tanto, suma una sorpresa contemporánea: Notre-Dame de la Pleine Lumière, una virgen negra íntegramente realizada en esmalte por Léa Sham's y Alain Duban, una muestra de que la tradición sigue viva y conversación de ida y vuelta con el presente.
Talleres y compras, la otra mitad del paseo
- Visitar los talleres abiertos al público, donde se puede hacer una pieza propia y llevársela como recuerdo, ideal para viajar con chicos o con ganas de volver con algo hecho por uno mismo.
- Recorrer las casas de porcelana y los locales de fábrica para llevarse vajilla a precios más bajos que en las tiendas de las grandes ciudades, una diferencia que se nota sobre todo en juegos de mesa y piezas decorativas.
- Pasar por las joyerías que trabajan con técnicas de esmaltado de origen medieval, un cruce curioso entre oficio antiguo y diseño actual.
- Caminar el centro histórico para ver construcciones de distintas épocas, incluyendo el antiguo palacio episcopal y la catedral, y armar así una jornada que mezcla arte, compras y aire libre.
Si te toca pasar el mediodía por el barrio de los talleres, te dejo una recomendación concreta: el restaurante Le Petit Bouchon, a pocas cuadras del Museo de Bellas Artes, sirve platos clásicos de la región como el clafoutis salado y el confit de canard, con porciones generosas y una carta de vinos del suroeste francés que marida perfecto con la caminata. Reservá con tiempo, porque los fines de semana se llena.
