Una india graba cómo corta verduras y limpia para enseñarle a un robot: ahora cobra por eso
Divya, del distrito de Karur, filma sus tareas con un celular atado a la cabeza. Lo que entrega sirve para entrenar inteligencia artificial y le cambió la economía cotidiana.
Cuando uno pela una papa, corta una cebolla o limpia la mesada, repite movimientos que parecen obvios. Para un robot, en cambio, esos gestos no nacen solos: alguien tiene que mostrarlos primero. Eso es lo que hace Divya, una mujer del distrito de Karur, en India, que filma sus tareas del hogar con un celular sujeto a la cabeza y cobra por cada video aprobado.
La idea es simple y, al mismo tiempo, enorme. Esos registros llegan a sistemas de inteligencia artificial que necesitan ejemplos humanos para aprender a desenvolverse en una cocina o en un living. Como cuando un chico aprende mirando cómo cocina su madre: primero copia, después improvisa. El robot hace algo parecido: observa cientos de repeticiones de una misma acción y, con el tiempo, empieza a ajustar la fuerza, el recorrido y los tiempos según lo que tiene enfrente.
Cuatro horas filmadas, dos y media aprobadas
El trabajo no termina cuando apaga la cámara. Divya cuenta que cuando graba cuatro horas en un día, solo se aceptan entre dos y dos horas y media de material. El resto queda afuera porque la imagen se mueve, se corta o no sirve para entrenar al sistema.
Además, filmar lleva el doble que hacer la tarea sin la cámara encima. Ella misma lo explica con un ejemplo bien doméstico: “Si normalmente me toma 30 minutos cortar verduras, este trabajo me toma una hora cuando tengo que grabarlo en video”. Es como cocinar para una receta propia y, a la vez, estar explicando cada paso frente a un tutorial: el mismo plato, pero con público.
En su caso, lo que cobra le cambió la economía de todos los días. Antes, dice, tenía que pedirle plata a su marido hasta para recargar el saldo del teléfono. Hoy paga esa recarga y hace compras chicas con lo que saca de las grabaciones.
¿Y eso para qué sirve?
Sirve para que robots del futuro puedan pelar una papa, limpiar una mesada o doblar una toalla sin que un ingeniero les programe cada movimiento a mano. Cada video de Divya es un pedacito de entrenamiento para esas máquinas. La pregunta que queda flotando es incómoda y, a la vez, inevitable: cuando una tarea que cualquiera hace gratis en su casa se convierte en datos que valen dinero, ¿quién termina cobrando por el conocimiento que todos tenemos en la cabeza?
