Miércoles, 23 de septiembre de 2026
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Una pequeña concha en pantuflas busca a los suyos en una animación que conmueve

Dean Fleischer Camp convierte a Marcel, la criatura de los cortometrajes virales, en protagonista de un largo que mezcla stop-motion y falso documental para hablar de familia, ausencia y vínculos cotidianos.

Por Silvia MenéndezCultura y espectáculos · 23 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Les confieso algo antes de contarles de qué se trata esta película: la vi pensando en mi abuela, en esas tardes en las que uno se sienta al lado de alguien que quiere mucho y, sin embargo, siente que le falta algo por decir. Por eso me llamó tan fuerte Marcel, la criatura hecha con una concha y un par de zapatos, protagonista de un film que acaba de llegar a las salas argentinas y que no es un dibujo animado más, sino una propuesta distinta, muy cuidada en su forma y bastante honda en lo que cuenta.

La historia sigue a Marcel, que vive con su abuela Connie en una casa donde todo parece estar en orden, aunque falta una pieza clave: el resto de su comunidad desapareció y él no sabe dónde están. La rutina se rompe cuando se instala en la misma casa Dean, un documentalista que descubre a Marcel por casualidad y empieza a filmarlo con una cámara. Esos videos, que muestran a la pequeña concha resolviendo las tareas cotidianas según su tamaño, se vuelven virales y abren la puerta a una búsqueda que parecía imposible.

Un híbrido entre falso documental y stop-motion

La película está dirigida por Dean Fleischer Camp y nació de los cortometrajes que el realizador armó junto a la actriz Jenny Slate, que además presta su voz a la protagonista. El relato dura poco más de una hora y media y combina animación con la estructura del falso documental: la cámara observa, entrevista, se mete en la cocina, en el jardín, en los rincones donde Marcel se las ingenia para hacerse su comida o para mantener ordenada la casa que comparte con Connie.

Lo que más me gustó, y creo que a ustedes también les va a pasar, es la escala. Para Marcel, una habitación es enorme, una mesa es un mundo y un tenedor, un desafío. Esa decisión no es un capricho visual, sino que vuelve tangible lo que siente: lo inmenso que se vuelve el día a día cuando uno es chico, solo, y está buscando algo. Por eso el film conecta con espectadores de todas las edades: porque habla de vínculos, de cuidado, del paso del tiempo y del miedo a perder a un ser querido sin golpes bajos ni golpes de efecto.

“Al salir, una señora me dijo al lado del kiosco: yo vine por mi nieto de seis años y terminé llorando yo, así que ojo.”Una espectadora, a la salida de la función
SM
Silvia MenéndezCultura y espectáculos

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