Cuando el retiro corporativo se vuelve una trampa y Netflix lo cuenta entre risas nerviosas
Llega a la plataforma una comedia española que convierte un encuentro de team building en el campo de batalla de futuros despedidos, con Alexandra Jiménez al frente de un elenco que retrata los clanes de cualquier oficina
Lo confieso: llegué a la función de prensa de esta película con la guardia baja, porque las comedias de oficina suelen agotarme antes del primer chiste. Pero antes de que apareciera siquiera el título en la pantalla, me crucé en el foyer con una señora de unos cincuenta y tantos, saco de tela y anteojos colgando del cuello, que le decía a su amiga con cara de enorme: «Mirá, esta la sacamos cuando la suban a la plataforma». Esa imagen, tan cotidiana, terminó siendo la mejor postal de lo que viene a proponer esta historia que yo te voy a contar con todo detalle y que, te aviso, es de esas que te hacen ruido por unos cuantos días.
La película en cuestión es una producción española que Netflix suma a su catálogo este viernes 11 de septiembre de 2026, dirigida por Diego Núñez Irigoyen —que había codirigido la primera temporada de División Palermo— y escrita por Cristóbal Garrido y Adolfo Valor, dos guionistas que vienen de curtirse en ficciones como Fariña. La excusa argumental es tan simple como reconocible: un grupo de empleados de una misma empresa es llevado a un retiro corporativo en el que se les promete una jornada de integración y trabajo en equipo, y allí, en medio de dinámicas grupales y asados protocolares, se enteran de que la compañía se prepara para una ola de despidos masivos. A partir de ese dato, que cae como una bomba en medio de las risas forzadas, lo que era un team building empieza a convertirse en una competencia despiadada por quedar bien con los jefes y salvar el propio puesto.
Un elenco que banca el delicado equilibrio entre la risa y la incomodidad
Al frente del reparto está Alexandra Jiménez, que es de esas actrices que a mí me convencen siempre, porque administra el humor con una naturalidad que parece effortless pero que claramente no lo es: maneja el registro dramático y el cómico con la misma soltura, y en este caso le toca cargar con un personaje que tiene que mostrar fisuras sin dejar de arrancar carcajadas. A su alrededor gira una galería de arquetipos laborales —el pelota, el quemado, el que llegó por recomendación, la que lleva años sin ascender— que los guionistas dibujan con trazo grueso pero sin caricaturizar del todo, y ese es uno de los grandes méritos del filme: nunca pierde del todo la humanidad de sus criaturas, ni siquiera cuando las empuja a comportarse peor que de costumbre.
Risa liviana, observación con filo
Yo te lo digo con honestidad: el tono es liviano, no es la sátira afilada de otros retratos del mundo corporativo, y el final se vuelve medianamente predecible cuando uno ya lleva cuarenta minutos de película. Pero el recorrido hasta ese desenlace tiene hallazgos genuinamente graciosos y, sobre todo, deja picando una reflexión muy concreta —moderadamente crítica, diría yo— sobre cómo reaccionamos los seres humanos cuando sentimos en riesgo la estabilidad económica, porque ahí es donde muchos sacan lo peor de sí mismos y otros, inesperadamente, lo mejor. La estructura avanza con una coherencia que se agradece y los personajes se mantienen fieles a sí mismos a lo largo del metraje, lo cual evita esos giros forzados que tanto irritan en las comedias por encargo. Es, en definitiva, una película disfrutable, ideal para una noche de sofá, y que tiene esa virtud poco común de dejarte pensando un ratito después de que aparecen los títulos finales.
A la salida de la sala, mientras esperaba el remise, escuché a un tipo de unos cuarenta años que le decía por teléfono a alguien: «Mirá, llevátela al psicólogo a la nena, que yo hoy cocino». No sé por qué te lo cuento, pero me pareció que cerraba perfecto esta nota, que en el fondo también habla de eso: de cómo la gente común sigue armando equipos, a su manera, mucho después de que se apagó la pantalla.
