La Conciergerie: tres siglos de historia entre el poder, la reja y el museo
El antiguo palacio real sobre el Sena que terminó siendo la cárcel más temida de la Revolución Francesa, donde María Antonieta pasó sus últimos días antes de subir al cadalso. Hoy se recorre por trece euros y gratis el primer domingo de cada mes.
Les cuento lo que vi en París antes de que termine la temporada. El finde largo que pasó la ocupación hotelera en la capital francesa trepó a un 78 por ciento, cinco puntos por encima del mismo fin de semana del año pasado, cuando todavía arrastrábamos los coletazos de la pandemia. Y entre los paseos que más repiten los viajeros argentinos, uno no falla: la Conciergerie.
El edificio está ahí nomás, en el muelle del Reloj, pleno primer arrondissement, asomado sobre el Sena. Lo que muchos no saben es que antes de ser cárcel fue palacio. En el siglo XIII, Felipe IV el Hermoso lo eligió como sede del archivo real y mandó levantar las salas góticas que hoy siguen en pie. Por eso se lo considera la primera residencia oficial de los reyes de Francia en París.
De palacio real a antesala de la muerte
Cuando la monarquía se mudó, en el siglo XV, quedó un conserje a cargo. De ahí viene el nombre. Y lo que era administración se fue transformando, casi sin querer, en prisión. Por allí pasaron el conde de Montgomery en 1574, Ravaillac en 1610, la marquesa de Brinvilliers en 1676 y el ladrón Cartouche en 1721. Todos personajes que parecen sacados de una novela.
Pero la página más negra se escribió con la Revolución. A partir de 1793, con la ley de sospechosos, miles de detenidos terminaron entre sus muros esperando el juicio del tribunal revolucionario. La llamaban la antesala de la muerte. Cuesta imaginarlo: hay registros que hablan de 600 prisioneros muertos de hacinamiento y enfermedades antes siquiera de ser juzgados. Hasta Robespierre y Danton dejaron sus huesos en esas celdas.
Hoy la Conciergerie es un museo declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. La entrada cuesta 13 euros y el primer domingo de cada mes no se paga un peso, o mejor dicho, un euro. Se cruza el umbral y se vuelve a un París que ya no existe, el de los Reyes, el de los revolucionarios, el de María Antonieta caminando hacia el cadalso con las manos atadas a la espalda.
Si van, les dejo un consejo práctico: entren temprano, antes de las diez, para evitar las filas de los cruceristas. Y cuando salgan, crucen el Pont au Change y dense el gusto de almorzar en Le Petit Bouillon Pharamond, en la rue de la Grande Truanderie. Pidan el huevo mayo y la carne a la bourguignon, pidan una copa de vino de la casa y vuelvan a sentirse reyes por un rato. Cuesta menos de veinte euros por persona y se come como en una postal.
