Lo que se sirve en la mesa antes del timbre: por qué desayunar sigue siendo una asignatura pendiente en muchas aulas argentinas
Una revisión internacional de casi setenta estudios vuelve a poner el foco en la primera comida del día como aliada de la memoria, la atención y el rendimiento escolar, aunque sin probar una relación causa-efecto. Una dietista pediátrica de Cleveland Clinic propone preparaciones simples para que la madrugada no gane la pulseada.
Yo vi durante años, mientras cubría la marcha de la mañana en distintos barrios del conurbano bonaerense, a chicos con la mochila cargada y el estómago vacío cruzando la esquina de la escuela: la señora del kiosco los esperaba con facturas, gaseosas y alguna golosina, y muchas veces ese era el primer y único alimento hasta el regreso al hogar, bien entrada la tarde. Esa imagen, que se repite todavía en demasiadas aulas del país, es la que volvió a cruzárseme en la cabeza al leer la nueva revisión internacional que volvió a asociar el salto del desayuno con un menor rendimiento escolar en chicos y adolescentes.
El trabajo, que reunió 45 estudios sobre la primera comida del día y otras 24 investigaciones observacionales sobre su vínculo con las calificaciones, no prueba que omitir el desayuno provoque malas notas, pero sí encontró una asociación estadística entre ambas cosas. Comer por la mañana pareció beneficiar la atención, la memoria de trabajo y la llamada función ejecutiva, ese combo de habilidades que los docentes suelen detectar cuando un alumno se pierde en una consigna o no puede organizar una tarea. Los beneficios, eso sí, aparecieron con más fuerza en contextos donde la alimentación general era insuficiente o directamente había desnutrición, lo que muestra que el desayuno por sí solo no resuelve un cuadro más amplio.
La voz de la especialista y una salida posible para las madrugadas
Para la dietista Jennifer Hyland, del equipo de Cleveland Clinic Children’s, el problema empieza en la cocina familiar cuando todavía es de noche. “Después del ayuno nocturno aparecen cansancio, menor claridad para pensar y lentitud física”, explicó la profesional, y añadió que desayunar aporta la energía necesaria para atravesar las primeras horas de actividad sin que el cuerpo empiece a protestar.
La recomendación central de Hyland pasa por armar esa comida combinando proteínas y fibra, dos nutrientes que ayudan a mantener la saciedad y evitan el bajón de media mañana. Para eso, la especialista sugiere apoyarse en preparaciones que se resuelvan la noche anterior, cuando en general hay más tiempo y menos estrés que a las siete de la mañana, con el colectivo por venir y el uniforme sin planchar todavía.
- Avena remojada con yogur y fruta cortada, que se deja en la heladera desde la noche anterior y se sirve fría o apenas entibiada.
- Huevos hervidos ya listos en la heladera, que se pueden comer solos, en una tostada integral o desmenuzados sobre una ensalada simple.
- Fruta lavada y cortada en potes, lista para llevar en la mochila como complemento o como rescate a la media mañana.
- Sándwiches de huevo congelados, una idea que también difunde Cleveland Clinic, para calentar y servir cuando el reloj apura.
- Yogur griego con granola de bajo contenido de azúcar, una combinación rápida que suma proteína y fibra sin pedir demasiado en la cocina.
La dietista aclaró además que conviene moderar las opciones con mucho azúcar porque, lejos de sostener la energía, generan una suba inicial y un descenso posterior que suele coincidir con el inicio de la primera clase. También pidió no dar por sentada la cantidad de proteína que necesita cada chico, ya que no existe un número único válido para todas las edades ni para todos los cuerpos.
La evidencia, como suele pasar en nutrición infantil, todavía no permite hablar de un desayuno ideal ni garantiza que los programas escolares que incentivan esa comida produzcan mejoras académicas sostenidas. Lo que sí queda claro es que el descanso, las condiciones económicas, la alimentación general y las rutinas de estudio pesan tanto como lo que se sirve o no se sirve en la mesa de las siete de la mañana.
“A mí lo que más me cuesta es levantarme y pensar qué le doy a los chicos, encima que después no quieren comer nada y termina todo en la puerta de la escuela, con una factura y un jugo de los baratos.”Una mamá de Lanús, a la salida del turno mañana de la escuela primaria
